Los aventureros se dirigieron hacia la torre que se alzaba sobre el montículo del Valle de Hurim. Para llegar hasta ella, primero debían cruzar un puente colgante de aspecto poco fiable, pero eso no les detuvo. Con cuidado, atravesaron la débil estructura, y llegaron hasta el pórtico de la blanca torre. De planta cuadrada, pequeñas ventanas y varios pisos de altura, presentaba síntomas de estar abandonada desde hacía mucho. Sin perder tiempo, el grupo se apresuró a explorar su interior.
Desde la misma entrada de esta fortificación, se extendía un pasillo estrecho que apenas permitía el avance en fila de a uno. La oscuridad lo envolvía todo, y tan sólo Melnar podía ver en tales condiciones. Por suerte, contaban con una lámpara que encendieron mientras seguían caminando por el largo pasillo. Fue durante este tramo cuando algo perturbó al grupo y atacó al Místico, el cual cayó al suelo exhausto de dolor. Nadie excepto él había podido ver nada concreto, pero no había duda de que una criatura le había atacado y debilitado. Teniendo en cuenta tal recibimiento, se dudó si valía la pena continuar adentrándose en la torre o marcharse de allí. Finalmente decidieron proseguir.
Dejaron atrás el pasillo, que finalizaba en un cruce que dividía el camino a izquierda y derecha. Los héroes siguieron el curso de este último, y a cada paso que daban contemplaban cómo creía el número de huesos humanoides esparcidos por todas partes. Algunos eran de tamaño humano, y otros más grandes. Esto encajaba con las historias de un conflicto entre hombres y ogros en aquel lugar. El grupo seguía avanzando y no parecía haber nada más que estos fríos huesos. En un segundo vistazo concentraron su atención en una especie de trampilla de piedra cuadrada en el suelo, que coincidía con una exactamente igual, en perpendicular, alojada en el techo. Deseosos por averiguar qué podría ocultar aquello, los personajes, todos a una y tomándose su tiempo, consiguieron levantar la pesada tapa, desvelando algo que no les traería nada bueno.
Allí abajo sólo se extendía la oscuridad. Una oscuridad sobrenatural más profunda que la de una noche sin luna. Ni siquiera la vista privilegiada de Melnar podía escudriñar su interior desde el borde. Si querían saber más, alguien tendría que intentar bajar allí. Como es de suponer, a nadie la parecía buena idea aquello. Laguna era la más predispuesta, quizás por su espíritu salvaje, aunque finalmente fue el enano el que descendió, debido a su naturaleza resistente y su adecuada visión. Así, ayudándose de un pilar que se erguía cercano a la apertura, Melnar bajó hasta el subsuelo, y sus temores tomaron forma. Dos siluetas negras y fantasmales se abalanzaron sobre él, atacándole y debilitándole como le había ocurrido a Dusk con anterioridad. No había duda; se trataba de Sombras, cuyo poder consistía en absorber la fuerza de sus víctimas. Lo peor era que estas criaturas resultaban prácticamente inmunes a las armas comunes, por lo que sólo la magia era realmente efectiva contra ellas. El enano no contempló más posibilidad que huir, y tan rápido como había bajado ascendió de nuevo avisando a sus compañeros sobre lo que había visto.
Afortunadamente las Sombras no le siguieron, por lo que el grupo tuvo tiempo de meditar su siguiente movimiento. Si sólo había dos sombras, ellos contaban con una ventaja numérica, sin embargo no tenían armas mágicas, y los ataques de esos monstruos eran más letales que los tajos de un buen acero. Se determinó entonces que sería mejor seguir explorando, de manera que el grupo se dividió para completar la exploración de la totalidad de la planta baja. En el otro lado de la torre el diseño parecía exactamente el mismo. No encontraron nada de interés, ni un camino para ascender a la planta superior. En el mismo lado donde destaparon la trampilla, justo en la esquina Norte, una desagradable sorpresa se le presentó al enano. Mientras oteaba la zona, el suelo cedió a sus pies y volvió a caer en aquel sótano oscuro. Observó de nuevo a las Sombras, pero estas se encontraban a cierta distancia, y sus compañeros le lanzaron una cuerda rápidamente, por la que pudo subir antes de ser atacado una vez más. La conclusión era desalentadora. La única manera de acceder a las plantas superiores de la torre consistía en que Cuervo escalara por la parte exterior (ya que las ventanas eran tan pequeñas que sólo él podría penetrar por ellas), o que, de alguna forma, alcanzaran la trampilla de piedra del techo, que coincidía con la del suelo, y la abriesen. Ninguno de los dos supuestos parecía fácil de acometer.
Después de un tiempo cavilando, Dusk dio con una espléndida solución. Gracias a su hechizo de agrandar, podría lanzárselo sobre sí mismo, alcanzar la trampilla y abrirla con su fuerza aumentada, seguidamente aupar a cada uno de sus compañeros hacia la planta superior, y finalmente agarrarse a un extremo y colarse dentro cuando el hechizo desapareciese y su cuerpo volviera a su tamaño original. Así lo hicieron, y en poco tiempo todos estaban arriba.
Ante sus ojos, más polvo y huesos, y ningún acceso para las siguientes plantas superiores, a excepción de dos nuevas trampillas en el techo. El problema era que, bajo estas, se amontonaban una serie de capullos de insecto que daban muy mala espina. Pero eso no fue lo peor, ya que, sin darles tiempo a tomar una decisión, estas cápsulas se empezaron a resquebrajar, y un amenazador zumbido presagiaba lo que estaba a punto de suceder.
De los capullos surgieron insectos que el místico identificó como estirges. Estos bichos eran pequeños y peligrosos, pues se agarraban al cuerpo de sus víctimas y succionaban su vitalidad. Así, las estirges revolotearon sobre las cabezas de los aventureros mientras estos desenfundaban sus armas e intentaban asestarles golpes con irregular éxito. Se consiguió mantener a raya a algunas, pero otras se agarraron a Laguna, Cuervo y Melnar. La bruja no tardó en eliminar a su captora gracias a un hechizo de proyectil mágico. El kender y el enano lo tenían más complicado, pues los bichos clavaron sus aguijones y era terriblemente difícil deshacerse de ellas. Al mismo tiempo, más de estos insectos les atacaron, hasta el punto de que Melnar llegó a tener tres agarrados a su cuerpo. Todos atacaban como podían a las estirges, eliminándolas poco a poco, pero con la fatal consecuencia de que, cuanto más tardaban en quitárselas de encima, más energía perdían. Cuervo y Melnar fueron los más afectados, sobre todo este último, ya que el kender fue más diestro en su reacción, sin embargo el enano tuvo que agradecer especialmente la ayuda de Laguna, pues ya se veía consumido ante tales criaturas. Exhaustos, y con la llegada de la noche, decidieron descansar en un rincón de aquella planta superior de la torre. Harían turnos de guardia para evitar sorpresas, esperando encontrarse algo mejor a la mañana siguiente.
Durante el turno de guardia del enano, este escuchó una voz en la planta inferior. Decidió acercarse hasta el hueco de la trampilla por la que habían subido, y desde allí comprobó que se trataba de un peculiar kender que hablaba sin parar a pesar de estar solo. Acto seguido, Melnar avisó al resto de compañeros, y Cuervo decidió llamar la atención del recién llegado y presentarse para averiguar más sobre él. Ambos conectaron al instante. El extraño dijo llamarse Mortaja, y por cómo se hablaban parecían conocerse de toda la vida. Sus rostros, gestos y palabras eran más vivaces al tener un congénere cerca. Aún así, no quedó del todo claro si aquel sujeto era de fiar, principalmente porque de entre todo lo que decía, uno no podía estar seguro de qué era inventado y qué real. Según él, tenía un don especial para comunicarse con los espíritus. Eran sus amigos, y por eso estaba en este lugar plagado de ellos. Sea como fuere, el grupo decidió mantenerle cerca, pues nunca se sabe si podría venirles bien de ayuda, y volvieron a descansar... o al menos lo intentaron, ya que su nuevo amigo no callaba nunca.
Una vez más, algo interrumpió el descanso de los aventureros, aunque en esta ocasión resultó ser algo mucho más desagradable. Nada menos que seis esqueletos andantes ascendieron por la trampilla abierta y se abalanzaron contra los héroes. Este fue el encuentro con un mayor número de enemigos ante el que se enfrentaba el grupo desde su llegada al Valle, sin embargo el desenlace se resolvió con mayor facilidad que ninguno. A pesar de no llevar las armaduras puestas y tener que tomar las armas con celeridad, los aventureros se mantuvieron firmes, y sus ataques fueron muy efectivos haciendo volar cráneos y huesos por la estancia. Después de caer algunas de estas criaturas, Mortaja pronunció unas palabras sagradas que hicieron huir al resto, volviendo por donde habían venido, pero desvelando en su marcha que allí abajo se estaba produciendo un movimiento amenazador.
Seguramente lo más sensato, en tales circunstancias, sería marcharse de allí cuanto antes, pero nuestros héroes, quizás envalentonados por una nueva victoria en combate, o quizás contagiados por la locura de su nuevo amigo, decidieron seguir acampados en la torre. No era de extrañar que poco después volviese a hacer acto de presencia una nueva amenaza, y mucho peor que la anterior.
Tres tumularios ascendieron hambrientos de almas. Una vez más, los héroes se encontraban desvestidos de sus armaduras, pero esto no les frenó en su ataque. Los cadavéricos enemigos acorralaron a Laguna, que parecía atraerles especialmente, puede que por su aura mágica. Los héroes atacaban, y el clérigo kender intentaba expulsarlos sin éxito. Uno de los monstruos cayó, pero no antes de que la bruja comenzara a perder vitalidad. El combate proseguía, y los tumularios seguían enfocados en atacar a Laguna. Al borde de sucumbir ante ellos, Mortaja resplandeció de luz consiguiendo espantar al fin a las voraces criaturas. Esta vez, casi les cuesta muy caro, y en la planta baja seguían escuchándose murmullos aterradores. Tenían que salir de allí cuanto antes y buscar la ayuda de los nómadas o sus días estarían contados.
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